En la Proposición del 9 de octubre de 1967, en su primera versión, Jacques Lacan introduce la distinción entre psicoanálisis en intensión y en extensión. En este último, “los intereses, la investigación, la ideología” que acumula son relevantes y “necesarios” para la crítica de las “sociedades tal como ellas soportan esa garantía” colectiva de la supervivencia del psicoanálisis. De tal modo, la crítica de las sociedades sería un elemento fundamental para la orientación de la Escuela y, más específicamente, la crítica de aquellas estructuras sociales que, aún, la soportan. Por lo tanto, la pregunta en torno del porqué de esa tolerancia adquiriría gran relevancia en el marco del ascenso del (pseudo) discurso capitalista.
Lacan señala tres puntos de referencia para el psicoanálisis en extensión vinculados a los tres registros: el mito edípico como “mito de creación moderna” (simbólico), la función de la identificación (imaginario) y el “advenimiento, correlativo a la universalización del sujeto procedente de la ciencia, del fenómeno fundamental cuya erupción puso en evidencia el campo de concentración” (real). Lacan en este punto otorga al nazismo la entidad de un “reactivo precursor” al tiempo que señala que la “solidaridad” entre los tres puntos de referencia “halla su punto de reunión en la existencia de los judíos”.
La tesis de Ana, sobreviviente del campo de concentración “La Perla” de la provincia de Córdoba de un país periférico como Argentina, es un ejercicio de subversión ¿Cuáles condiciones, decisiones y deseos hacen posible que frente a la universalización del sujeto por la ciencia y su consecuente forclusión por parte de la técnica capitalista emerja un acto tal de subversión?
Si “nada es más humano que el crimen”, los dispositivos como el campo de concentración, la técnica sin sujeto y las políticas de olvido e impunidad del terrorismo de Estado son modos de alcanzar la deshumanización vía la descriminalización. Maneras de acceder al crimen perfecto que instaura el discurso capitalista.
Pero la subversión reside en los actos de los sobrevivientes que testimonian haciendo pasar su saber por el discurso jurídico, por el discurso de la ciencia. En esos actos, lo jurídico y lo científico se conmueven y sus sentidos se desplazan en tanto esos saberes testimoniados, que portan verdades a mediodecirse (como toda verdad que se precie de genuina), se constituyen en espadas simbólicas que agujerean a lo real del campo de concentración y, con él, el de los dispositivos de descriminalización del discurso capitalista.
Un nombre o marca que permite este anudamiento extraordinario sobrevolaba el acto de defensa de esa tesis. Finalmente, “Néstor Kirchner” fue pronunciado. Ni en el lugar del ideal ni en el lugar del humillado ese nombre parece servirnos una y otra vez para que el Estado pueda ser otro.
Si pensamos a la propuesta de Lacan desde nuestras memorias podemos decir que, para nosotros, la dictadura cívico-militar tiene la entidad de un reactivo precursor y que la solidaridad entre los tres puntos de referencia (arriba mencionados) halla su punto de reunión en la existencia de los subversivos y las subversivas. Como Ana.
Lacan, J. (1969): Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela. Scilicet, 1. Ed. du Seuil.
Jorge Foa Torres
Córdoba, 14 de julio de 2017
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